Cuando pienso en la palabra madre la primera imagen que se viene a mi cabeza es a la mía trabajando sin parar, de noche, haciendo sus tortas, sus merengues, cosiendo nuestra ropa, lavando, haciendo siempre todo de noche porque el día no le alcanzaba…

Me despertaba temprano para ir a la escuela, me vestía, desayunaba… papá ya estaba con su traje impecable y mis hermanos dormían porque iban de tarde. Mamá también dormía, pero había amaneceres que se aparecía con su cara de sueño sólo a darme un beso, a ver que en la mochila llevara algo para comer, a ponerme el “cuaderno de comunicaciones”, el rojo, ese que a veces tanto le temía… Y después, en vez de volver a la cama, pasaba por la cocina y como si un imán la atrajera, ya se quedaba allí, con la vista perdida pensando en qué cocinar al mediodía. Muchas veces le pregunté por qué tenía esas manchitas moradas en los tobillos y en las piernas, y ella decía: “son varices, por estar parada tanto tiempo”... Varices… supongo que le debían doler… O ahora de más vieja… No le gusta esa palabra, dice que no es vieja, detesta el paso del tiempo, no porque se arrugue o porque la ropa le quede distinta, sino porque a veces ya no se siente madre, que si fuera por ella hubiese tenido 9 niños. Yo le digo que se relaje, que es lo normal, que los hijos crecen, que nos vamos, que aprendemos a cocinar, pero que siempre será nuestra madre; pero ella no puede jubilarse del trabajo más demandante que ha tenido. A veces pienso, aunque esté tan cansada, que extraña tenernos a todos juntos en la mesa, lavarnos la ropa, retarnos porque le hemos roto alguna cosa, o a mí, que una vez le tiré todos los perfumes en miniatura porque me gustaron los frascos… O esa vez que le regalé a la empleada doméstica su collar de perlas. No sé qué cosas extrañará una madre, pero lo puedo imaginar cuando veo a la mía, cuando la llamo para escucharla, porque los silencios dicen muchas cosas y las palabras callan muchas otras. 

Ya somos grandes, aunque nunca lo seremos para mis padres. Ya nos fuimos, pero nunca se deja de ser hijo, porque -al menos yo- sigo necesitando ese abrazo por la mañana, que me pregunte si en la mochila llevo comida, que me regale una bufanda, que me lleve a un ensayo, que me aplauda desde la fila uno, que me pida que le cante una canción… Porque en el fondo más íntimo soy un niño y ella una madre. ¿Qué es una madre? Seguramente una mujer que nunca entenderá por qué el tiempo la ha jubilado de lo que más amaba hacer: cuidarnos. 


¡Feliz día a todas las mujeres que nos cuidan, que nos aman!
Especialmente a la mía.