Es de noche y es tarde, muy tarde. Salgo a caminar por las callecitas empedradas de Buenos Aires para llevar a mi perro a que haga el último pis del día antes de irnos a dormir. Soy una persona nocturna, me gusta el silencio que regala la noche y cómo todo -de alguna manera- parece más calmo, más sigiloso, más placentero al bullicio del día, a ese ruido constante del ajetreo de autos, de avenidas repletas de gente, de locales que nos quieren vender lo que no necesitamos. 

Pero era de noche y tarde, cuando veo en la puerta de un edificio a un chico con sus pantalones cortos, su musculosa, su barba perfectamente recortada. Tenía tatuajes en los brazos y parte de su pierna derecha. Cerca de él había 3 latas de cerveza vacías… y más allá su celular apoyado en el suelo desde donde sonaba a todo volumen una cumbia o algo parecido. Me acerco y contra una columna veo sus muletas. Él se caía a un costado por el sueño o la borrachera… Pensé que alguien podría acercarse y robarle todo, entonces lo despierto, pero… ¿cómo? No quería asustarlo… 
Le toco una pierna. Mi perro le movía la cola y lo olía. Lo toco de nuevo hasta que se despierta, me mira pero no me ve, no enfoca, se le cierran los ojos. Se duerme, pero insisto, le agarro una mano, trato de despertarlo y me mira de nuevo; aprovecho para hablarle, le pregunto si está bien, si necesita algo, si está solo. No puede responderme porque no controla nada por todo lo que debió haber tomado. Sin soltar la mano le pido que guarde el celular, se lo alcanzo. “Te pueden robar, guardalo”, y con su otra mano me recibe el teléfono… intenta apagarlo y me lo da, se ríe. Yo me río, y se lo devuelvo. Parece un niño. Él lo guarda, como puede, en el bolsillo de su bermuda de jean y se rinde al sueño, no lo dejo… “Ey, despertate”. Y me mira, ahora sí se asusta y le digo que no pasa nada, le muestro a mi perro para darle confianza, le pregunto si necesita algo -de nuevo- y me dice que no. Entonces me levanto y lo sigo observando, esta vez desde lejos, desde arriba, como si eso pudiera darme otra perspectiva. Me da pena abandonarlo, pero confío en que él sabrá qué hacer cuando despierte. Me voy caminando, me alejo unas 4 cuadras pero no puedo dejar de pensar en él, entonces vuelvo a la avenida y a lo lejos un chico con un perro tirando de la correa le saca fotos. Me acerco y le digo: “¿Por qué le sacas fotos?” y él chico, sin enojarse, sin sentirse juzgado me tira un “es mi hermano”. Abro los ojos sin poder creerlo, le cuento lo que hice, que intenté levantarlo, guardarle el teléfono y que me volví porque vi que está inconsciente por el alcohol. Él me escucha con tranquilidad, mirando a su hermano que sigue dormido en el suelo… No dice nada hasta que levanta su cabeza y me dice “gracias, pero ya vi esto muchas veces… Qué se le va a hacer, uno no elige a la familia, te toca y ya está…” Parecía cansado, decepcionado. Lo saludé y me fui. Creo que no había más nada por agregar o decirle, sólo él sabía lo que pasaba como así también su hermano, tirado en el suelo, muy en su intimidad sabía por qué tomaba. 


Camino por la avenida, y antes de entrar a mi casa, miro una última vez hacia donde los dejé. Y ahí están los dos, sentados próximos, con unas latas de cerveza como un pequeño muro entre ellos, en medio de la noche silenciosa, y pienso: “Un hermano cuida al otro, aunque no lo haya elegido”. 




Autor: Nicolás Manservigi