COMO UN ARRAYÁN


La duda me asalta como un hacha. Soy el arrayán a punto de ser cortado, porque es como si hubiera perdido todas mis cáscaras que me protegen de los gusanos… Se han borrado las defensas y ahora estoy aquí, con un río que me recorre las raíces y siento el agua turbia por el barro, el agua que se congela por las mañanas hasta que me acostumbro. ¿Qué podría pasarme? Pienso, mientras sigo con las ramas el camino sinuoso del agua, que al caer por la cascada se torna más clara. ¿Podría derrumbarme este hilo que nace en la montaña? ¿Por qué ahora? ¿Por qué en casi otoño?
Cómo árbol, duro que soy, tengo mis miedos ¿Puedo ser vulnerable? ¿Puedo perder todo este follaje que me cubre? Y si lo perdiera, si me librara de todas mis hojas y miedos… ¿Aún así sería un árbol? ¿O ya nadie querría admirarme?
Estoy paralizado y me doblo por el viento, pero jamás me quiebro, aunque a veces escucho que la madera habla desde las pequeñas grietas… es el tiempo, supongo, el tiempo que siempre recuerda con nostalgia cómo eran las viejas montañas, y las rocas que ahora de deshacen como arena bajo el manto de tierra que contiene el germen nuevo de los brotes reverdecidos y tiernos que esperan ser como yo… ¿De verdad lo esperan? Si, los pájaros se posan en mi cabeza y me cuentan que si, que todo el bosque admira mi templanza, mi resistencia… Pero si ellos supieran, si tan sólo supieran que mi soledad simula ser templanza, y que las grietas no son arrugas sino experiencias. Si ellos supieran las ganas que yo tengo de que me poden para poder reverdecer, sin miedos, con más pulmones, y por qué no, con más altura. Si ellos supieran… lo que yo quiero…