Cuando era un niño, mi papá, en una de nuestras visitas a Buenos Aires, me hizo conocer el Teatro Colón. Luego volví cuando era un adolescente, pero esa vez me saqué una foto en sus escalinatas de calle Libertad y pensé: "Algún día pisaré su escenario". 


Hace 10 años me fui de Tucumán y me vine a vivir a Buenos Aires para estudiar técnica vocal, y me preparé muchísimo, incluso hice seminarios dentro del Instituto de Arte, pero a medida que me conectaba con todo ese universo y a pesar de que grandes maestros me dijeron que debía entrar a la carrera de canto, no pude hacerlo, y no porque me faltaran condiciones, sino porque no lo sentía. Nunca me gustaron las etiquetas, por eso no podía enfrascarme en ser un cantante de ópera. Claro que debajo de mis decisiones siempre hay un mar profundo de motivos, dudas y sensaciones; pero eso era lo que les decía a todos cada vez que me preguntaban. 
Seguí mi camino, estudiando siempre, y escribiendo, cantando, abriéndome a las oportunidades que se me presentaban. Y no fue fácil, aún no lo es, pero hay algo dentro mío que siempre me hace persistir y resistir. Creo que la perseverancia es mi mayor virtud, sin ella no llego a ningún lado. Mi maestra Lucía Boero, que conocí dentro del teatro, cuando le dije que no daría el examen me dijo: "...mientras sigas cantando, Nicolás". Y eso hice, me di panzadas de teatro, trabajé en varias obras, también en cine como guionista y publiqué libros mientras hacía mis conciertos solistas en cada escenario que encontraba.

La cuestión es que por esas cosas de la vida, un día del 2015 me convocan a una audición para actores en una ópera que dirigiría Eugenio Zanetti, entonces me presenté, y me acuerdo que tenía miedo, miedo de no quedar, de no estar a la altura, pero quedé y así, con la ópera Don Carlo debuté en el Colón como actor y me siento muy orgulloso a pesar de que hay mucha gente que desprestigia ese rol; pero como bien me dijo una vez Patricia Palmer en el rodaje de nuestra película El Pozo: "No hay personajes chicos". Todavía recuerdo cuando el disco giraba en la puesta de Zanetti y yo lloraba debajo de mi casco, lloraba porque no podía creer que existiera tanta belleza y también porque estaba -finalmente- pisando el escenario. 
A esa obra le siguieron muchas más, durante casi dos años y medio; Fidelio, Beatrix Cenci, Macbeth, Die Soldaten, El lago de los cisnes, Adriana Lecouvreur, Giulio Cesare, entre otras; pero fue en Tosca cuando morí de amor al ver los monaguillos del coro de niños en uno de los actos porque me recordaba al Nicolás de 7 años cantando en la misma ópera, pero en Tucumán junto al coro de niños estable que dirigía Ana Maria Ternavasio y en el rol estaba Laura Varela, quién luego se convirtiera en mi maestra de canto en Tucumán.

Hoy, en una noche donde manda el desvelo, recordé todas estas cosas, todos los años, todo el sacrificio y la dicha, la enorme alegría de poder ser parte de algo tan bello. Doy gracias por cada oportunidad y ojalá se repitan y se multipliquen, porque no hay nada más hermoso en el mundo que estar arriba de un escenario; el alma se siente libre y me libero de todos mis complejos, mis temores. El escenario me da la posibilidad de sentirme querido, útil y por sobretodo humano.

GRACIAS.